Escritura
He escrito bastante a lo largo de los últimos años, pero no voy a mostrarlo todo que supongo que tendrás cosas más importantes que hacer. Así que solo dejaré una pequeña muestrita, para que te quedes con ganas de más.
Primero, los prólogos de las dos novelas que he escrito. No puedo poner mucho más ya que están pendientes de publicación jeje, pero si quedas completamente enganchad@ no te preocupes, que ire informando de los progresos.
También he escrito algún que otro microrelato que me parece interesante. Sí… es cortito, pero el tamaño no impoooorta (al menos eso quiero creer).
MICRORELATOS
Pacto
Nací rico. Bañado en oro para ser exactos. Tenía tanto dinero que hubiera podido hacer que los “solo ricos” hicieran de alfombra para mí. Pero, donde estaba la gracia. Era demasiado… fácil.
Un día salí a pasear, insatisfecho, aburrido como siempre, rodeado de mis aburridos cincuenta guardaespaldas. Ya no me quedaban juegos a los que jugar, ni pecados por probar. Había comprado todo y a todos los que me habían interesado, hasta que enseguida me cansaba. Caminaba pensativo, dándole vueltas y preguntándome qué sería lo siguiente, cuando escuché una voz rasgada.
-¡Eh amigo! Yo tengo lo que tanto ansias. -repetía una y otra vez un hombre andrajoso desde detrás de la muralla de tipos trajeados.
-Apartad -ordené picado por la curiosidad.
Mis siervos se abrieron a un lado y al otro.
-¿A qué te refieres anciano? -pregunté sin llegar a creerle.
-Te daré mi alegría.
-Eso no puedes dármelo.
-Sí puedo. Pero te costará cara. -No parecía bromear. Tampoco parecía un loco a pesar de ir hecho harapos, y ciertamente, parecía más feliz que yo.
-¿Cuánto?
-Todo lo que tienes.
-De acuerdo -dije sin vacilar. Yo tampoco bromeaba.
El hombre pestañeó varias veces alucinando, y apresurado firmó el acuerdo estrechando mi mano a toda velocidad, antes de que pudiera arrepentirme. Aunque no pensaba hacerlo. Aquel anciano estaba seguro de haber hecho el mejor trato del mundo, pero probándose mis joyas dejó de sentirse alegre. A mí no me llegó la alegría como pensaba, no apareció sin motivo, no, lo que me hizo sonreír, lo que me hizo gozar, fue la sensación de robar su felicidad. Y así, nacido de la avaricia de aquel hombre, renací diablo.
La foca presumida
A la pequeña foca le gustaba aquella zona. Siempre encontraba cosas bonitas, y después de un rato buscando, algo llamó su atención. Sus ojos brillaron de emoción, y sin dudarlo se lo puso. Le quedaba algo justo, pero lucía divino. El delfín la vio pasar y la llamó belleza. La tortuga la notó hermosa, y hasta el pingüino sonrió al verla. Todos estaban celosos, celosísimos, ay… ¡Qué contenta estaba la foca! Pero, de la noche a la mañana murió la pequeña, sin motivo aparente, sin sentido, y justo en el día más feliz de su vida. Aunque al menos en su funeral podía seguir presumiendo orgullosa, su genial collar de anillas de un pack de seis cervezas.
El fin de los héroes
Escuché un ruido extraño que provenía del callejón, sonaba como el chirriar de una puerta y un gimoteo ahogado. Así que me asomé con cuidado, lo justo para ver cómo un hombre de sonrisa torcida empujaba a una mujer contra el contenedor. No parecían amigos. Él la cogía del cuello y follaban violento.
Algo burbujeó dentro de mí, y no supe controlarlo. Sin querer di un paso al frente, y ya no quiso evitar los siguientes. Y, sin tener en cuenta que solo tenía catorce años, corrí hacia aquel hombre musculoso y claramente adulto. Aún así, yo había visto docenas de películas de kung-fu, así que librarse de aquel individuo debía ser pan comido.
-¿Qué haces? ¡Eso no! -Se quejó ella de pronto cuando él hizo un gesto brusco.
-Perdón. -Se disculpó el hombre. Y ambos siguieron haciéndolo.
Me frené en seco. ¡Qué idiota! Por un momento me había olvidado de que ya habían acabado los tiempos en los que los hombres no escuchaban.
Me retiré disimuladamente, sin molestar, y ese mismo día, decidí colgar la capa.
Los héroes ya no eran necesarios.
La tortuga y el guepardo
-¿Qué pasó con la liebre? -Le preguntó el caracol a la tortuga.
-Le faltaba disciplina. Ahora compito contra un guepardo, a ver quién llega más lejos antes de la luna llena.
El guepardo corría ocho horas diarias. Lo hacía cada día, sin falta. Era veloz, paciente y muy inteligente, hasta había trazado la ruta perfecta.
-No podrás ganarle -replicó el caracol-. Apenas te queda un día, y no has avanzado nada. -Aún se veía la línea de salida tras ella.
-Puede que pierda, pero estaría estancada sin un reto -dijo la tortuga sonriente. Se abrochó el casco, y lentamente subió a la pequeña nave espacial que había estado construyendo ese mes.
Corazón minero
En la plaza únicamente reinaba un viento gélido y aquella extraña estatua de un ángel que parecía orinar. Como cada año, el pueblo vestía de negro, en un luto mudo. Solo un hombre caminaba por sus calles torcidas, con andar cansado y lento, cargando con el peso del tiempo a la espalda, y con tanto sufrimiento que apenas podía levantar la cabeza para mirar al frente. Recorrió el pueblo, dejando atrás las casas, las granjas y los campos de sus vecinos. Cruzó el rio, y siguió arrastrándose entre la bruma como un alma errante.
Se plantó ante las faldas de aquella descomunal montaña, solo entonces se detuvo. Allí se alzaban con tranquilidad las puertas del infierno. Los arbustos habían crecido a su alrededor sin quemarse, y únicamente las agolpadas tablas de madera roída que la sepultaba parecían conscientes de su peligro. Quería haberlas partido para entrar, pero ya no tenía fuerzas para hacerlo. Así que solo pudo pararse frente a aquella inmensa boca cerrada. La había atravesado infinitas veces para arañar las entrañas de la tierra, pero ya no le quedaban energías, ni tan siquiera para rascar su superficie.
Se quitó los guantes, e ignorando lo que aquel aire helado y punzante le hacía a sus manos, se sacó el reloj de la muñeca con ayuda la mano que todavía podía mover. Ni los grillos, ni las ratas, ni siquiera el susurro del viento se atrevieron a interrumpir aquel instante. Dejó el reloj en el suelo, con la suavidad con la que una madre deja a su bebe en el portón de una iglesia, con un nudo atorado en la garganta, con la sensación amarga de una despedida. Las agujas seguían paradas en aquel segundo, hacía ya tantos años. Tres décadas exactamente aquella madrugada.
Con delicadeza, dobló el abrigo en el suelo, después la camisa, y de su pecho pintado por las cicatrices, sacó una tarjeta de cartón. Después de treinta años, fichaba al fin su salida de la mina. Lanzó su tarjeta al firmamento, y entre las estrellas de aquella fría noche, empezó a apagarse la soledad del único superviviente del derrumbe, que, mal agradecido, había deseado permanecer sepultado entre los picos, las palas y sus camaradas. No es que su vida hubiera sido mala después del accidente, pero sencillamente no volvió a ser vida. Ni sus amigos, ni su esposa, ni siquiera sus hijos, pudieron recomponer sus pedazos. Tanto deseó morir en la mina, que aunque aquel fatídico día, cuando le sacaron de debajo de las piedras con vida, su corazón quedó atrapado entre los escombros, junto a las almas de sus hermanos que no pudieron salvarse.
Recordó todas y cada una de las caras que tenía grabadas a fuego en su memoria, y dejando caer un verso de amor, su cuerpo lívido, descansó en la tierra. Ante un reloj roto, ante su mina rompedora, ante la bien vestida muerte. Su corazón dejó de latir, convertido en piedra inerte, apenas un pequeño trozo de carbón, pero tan brillante como el sol de verano, pulido, con el dolor añejo de treinta años.
Violeta
¿Qué piensa Violeta?, ¿qué callan sus palabras?, ¿de qué hablan su miradas?… Me tiene en vilo, pero ¿acaso me diría el viento que piensa de la libertad, o me lo contaría la profundidad del mar? Ella no dice nada en sus conversaciones al alba, aunque sus ojos hasta ladran de tanto que han sentido, del dolor del que han crecido. Violeta se abre paso a zancadas, y de sus pasos salen alas, porque ella vuela, porque jamás estará cansada. Se ha rosado de sudor y de lagrimas, y aunque duda, apenas un instante, no cavila, no vacila, ella es fantasía. Observándola, detenido en el tiempo, pues es como hay que hacerlo, ¿qué no podría hacer Violeta?, si es capaz de conquistar el alma con un gesto de sus dedos, ¿cómo no embriagaría Violeta?, si ella es abandonar la pereza, si ella, es la viva fuerza.