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Posado en la ventana

Prólogo

¿Qué es lo que me está pasando?, pensó cada vez más nervioso y preocupado. Había abierto los ojos hacía apenas unos segundos y no lograba moverse. Sus músculos estaban como atrofiados y sin el más mínimo resquicio de fuerza, como si se hubiera quedado paralítico desde la cabeza hasta la punta de los pies. Tan solo podía abrir y cerrar los ojos con dificultad.

Miró a su alrededor, pero su reducida capacidad visual ni siquiera le era útil, pues estaba envuelto en una oscuridad alarmante. Quería salir corriendo y pedir ayuda. Quería gritar más alto que nunca, para que alguien le escuchara, y en parte, para sacar su miedo, pero su garganta no le respondía. Por mucho que se empeñara en luchar, no conseguía salir de aquel terrible estado de quietud.

Aunque siempre había sido un hombre calmado y sereno, encontrarse arrinconado le estaba volviendo loco de angustia. Incluso le costaba respirar. Varias veces pensó en resignarse a esperar, a ver si en su pasividad acababa pasando algo, pero al poco perdía la paciencia y volvía a intentar moverse. No sabía que pensar, y el tiempo pasaba lento y tendido. Además, se le estaban acabando los insultos y blasfemias. Solo quería huir lejos de aquella oscuridad asfixiante y volver cuanto antes a la vida que le esperaba. Este último pensamiento, como una manifestación espectral, le tendió la mano para levantarle. Al fin, su cuerpo se activó. No mucho, solo una chispa.

Notó esa pequeña fuente de calor en su interior, era sutil, pero estaba ahí. Hizo acopio de ella y forzó su mente para avivar esa pequeña llama. Poco a poco empezó a recobrar la sensibilidad en las extremidades. Volvía a sentir su cuerpo.

Sin pensarlo dos veces se arrastró hacia lo que parecía una pared. Estaba más cerca de lo que pensaba, mucho más cerca. Su escasa visión no le había permitido verla, pero al poder moverse notó como las paredes se ceñían sobre él, alzándose y cerrándose sobre sí mismas, como una esfera que le envolvía en un espacio diminuto.

Iba recuperando las fuerzas con lentitud, aunque tenía una sensación extraña, y una idea le inquietaba, atosigando su abrumada cabeza, pero no llegaba a entenderla del todo.

Su cuerpo se mantenía encorvado, pese a sus esfuerzos por enderezarse, y las piernas le fallaban temblorosas, flacas de fuerza. Volvió a incorporarse, crujiendo las rodillas, aunque su cuerpo enseguida cedió de nuevo hacia un lado. Era una sensación muy parecida a la de quitarse la escayola después de un mes usando muletas, pero bastante más intensa y en todo el cuerpo. No se manejaba con fluidez, y ni siquiera notaba las manos, eran más bien dos muñones. Además se sentía pegajoso y desnudo. Trató de no preocuparse por los detalles, debía centrarse en salir de aquel lugar. Supuso que todas esas sensaciones no eran más que imaginaciones suyas que se debían al aturdimiento que sentía desde hacía unos minutos.

Recostó la frente contra la extraña pared, inclinando el cuerpo hacia delante para no caer. La pared no parecía preocupante. Era de un material atípico, pero lo notaba débil y fácil de quebrar, parecía una herramienta hecha más para aislarle de la luz que para evitar que huyera.

La cabeza parecía en esos momentos su extremidad más fuerte, así que, sin pensarlo demasiado, arremetió contra la pared con un primer cabezazo. El instante antes de golpear, le invadió la duda y su ataque se quedó en un tímido y blando intento. Pero no dolió en absoluto. Estaba seguro de poder romperla. Cargó de nuevo, con más fuerza y sin dudas, impulsándose también con el cuerpo para brindar a su estocada de mayor potencia. Sonó “¡Crack!” Esta vez el golpe sí que hizo efecto. La barrera parecía haberse resquebrajado algo. Al oír el chasquido, sonrió para sí, pero en ese momento cayó en la cuenta de que podía haber alguien ahí fuera. Casi se paró a pensarlo un segundo, pero la sensación de claustrofobia y las ganas de volver a la realidad le empujaron a reaccionar de forma impulsiva. Lanzó otro golpe contra la pared; aunque se mantuvo en guardia, por lo que pudiera esperarle fuera. La pared se estremeció, y en ese mismo instante, se abrió un agujero por el que podía pasar un débil y sutil rayo de luz, que iluminó el interior. Su visión seguía borrosa, y la luz todavía provocó un mayor efecto de ceguera. No debe de haber nadie, pensó relativamente aliviado, después de unos segundos. De haber habido alguna amenaza fuera, ya habría pagado las consecuencias.

Esperó un tanto a que se le aclarara la vista y después empezó a agrandar el agujero con la presión de su cuerpo. De pronto, sintió la brisa en su piel y como sus pulmones se cargaban de oxígeno sin esfuerzo. Sus ojos, cansados y aún desaclimatados a la luz, no traducían bien lo que tenía ante él, y solo veía manchas borrosas.

Parpadeó con fuerza un par de veces, mientras intentaba inútilmente llegar hasta las manchas con sus entumecidos brazos. Notó que su visión empezaba a aclararse, así que desistió en el esfuerzo, y poco a poco, observó cómo la imagen se hacía nítida.

Echó la vista atrás, y vio el óvalo blanco que le había tenido como prisionero. Se sorprendió al ver que habían otras tres cápsulas iguales que la suya, aunque solo la suya estaba rota. ¿Habría más personas allí? ¿Qué clase de juego macabro era aquel?, se preguntó. Estaba completamente desconcertado, tratando de comprender la situación, y evitando recordar cualquier película de terror. Repentinamente un ruido a su espalda le hizo sobrecogerse, alertándole de una presencia desconocida.

Con extrema lentitud fue girando su cuerpo, completamente aterrado al caer en la cuenta de que no había reparado en los dos individuos que le observaban pacientes desde el principio. Cuando las enormes sombras se plantaron frente a él, se quedó petrificado de miedo. No podía hacer nada para librarse de ellos, ni siquiera tenía fuerza en las piernas para echar a correr. De súbito comprendió dónde estaba. No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, ni de que estaba pasando, o si tan siquiera era posible, solo esperaba que no fuera más que una terrible pesadilla, pero lo sentía tan real que no pudo evitar echarse a temblar. El miedo y el desconcierto sacudieron cada fibra de su cuerpo, subiendo directamente a su cerebro hasta colapsarlo, y antes de darse cuenta , cayó al suelo sin sentido. Solo notó una suave brisa en la cara mientras su cuerpo se desplomaba y todo se volvía negro.

Las enormes figuras se acercaron al cuerpo inerte para comprobar si seguía con vida, pero otra de las cápsulas empezó a abrirse y dejaron de prestarle atención.