Seleccionar página

Los Hombres de Ceniza

Prólogo

 

 

Ren apuró un largo trago. La botella de agua sudaba casi tanto como él, pero se mantenía fresca. Se masajeó las manos, que le ardían por el dolor de labrar la tierra. Definitivamente no había nacido para el trabajo físico, aunque cada día su cuerpo se curtía un poco más, y su fatigada espalda se hacía más y más dura. La decepción y el sentimiento de fracaso le habían acosado desde el primer día, pero una fuerza que escapaba a su comprensión le levantaba cada mañana. Quería creer que el tiempo amenizaría la faena, y solía repetírselo a menudo, pero sus cayos seguían abriéndose día tras día.

Dio un último sorbo y se echó lo que quedaba de agua sobre la nuca, mentalizándose de que sería capaz de acabar la jornada. El sol pegaba con fuerza sobre su piel morena y el aire era tan seco que a su garganta volvía a faltarle el agua.

Sarah apareció corriendo por el porche. Quizá esa fuera la razón de su fuerza, pensó al verla. La sonrisa de la niña iluminó sus tierras más que el propio sol. Corría en zigzag, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos, simulando ser un pájaro, gozando de la ardiente brisa en el rostro. A ella no parecía afectarle el calor, a decir verdad, nada le molestaba y todo le hacía sonreír. En su mano llevaba un pequeño muñeco de madera, bastante mal hecho, con los brazos deformes, siendo el izquierdo un centímetro más largo que el derecho, además de múltiples problema en el tallado. A pesar de sus defectos a ella le encantaba ese juguete, no porque fuera bonito o porque fuera el único de su baúl, sino porque era un regalo de Bilter, un niño poco mayor que ella, que vivía a un par de granjas de la suya. No era un chico muy inteligente, ni siquiera espabilado, pero siempre estaba dispuesto a jugar, y la trataba con ternura. Solían dar largos paseos en bici, explorando cada recoveco de la montaña y jugando a los juegos que Sarah inventaba.

La niña miró a su padre con ojos traviesos, tentándole, pidiéndole que se uniera a ella sin decir una palabra. Ren quiso dejar la pesada azada para seguirla, pero en un segundo de duda, sus pies permanecieron anclados al suelo. Le dedicó su mejor sonrisa y le prometió jugar más tarde. Ella pareció conforme con el aplazamiento, y aunque hubiera preferido jugar en ese momento y también en el de después. No tuvo más remedio que seguir sola.

La muchacha se alejó andando con pasos largos, mirando a los lados e imaginando el siguiente juego. Él, cargó la azada contra el suelo, con todas sus fuerzas. A cualquier otro le habría bastado solo con una parte, pero él estaba tan deshecho que si no imprimía todo lo que tenía en cada golpe, el filo de la herramienta apenas se hincaba en la tierra. Repitió el gesto un par de veces y de pronto el metal rechinó contra una piedra. Se agachó a retirarla, con una mueca de desagrado aún pintada en la cara por el agudo sonido. La piedra era más grande de lo que imaginaba y tuvo que esforzarse por arrancarla.

Detrás de él, el cielo se oscureció de repente. No tenía ningún sentido, no había nubes a la vista y apenas soplaba viento, lo que hizo que le picara la curiosidad. Apoyó una mano en la tierra y retorció el cuerpo para ver mejor la insólita sombra. Antes siquiera de que sus ojos vieran, un zumbido extraño entró galopando en su cerebro. Lo había estado escuchando desde hacía rato, solo como un murmullo mudo, pero de repente se le había echado encima, y el murmullo ya no podía disimular que hacía ruido. El pequeño susurro del aire se había convertido en un señor mayor y fornido, y ya no susurraba, ahora bramaba en el viento, partiendo la brisa con tremendos testarazos y virajes. El aire chocaba entre sí, en una nube oscura y demasiado densa, que corría hacía él, levantando un gran faldón de polvo bajo su paso. El suelo crepitaba, se estremecía y a cada metro que avanzaba la tormenta, la tierra entera se sacudía. Por su cara corrió una sombra, la más fría y desesperada que había sentido nunca, oscureciendo sus abiertos e incrédulos ojos. En su garganta se formó un grito de rabia y de odio que se perdió en el eco sordo del viento. Dio un golpe al suelo con todas sus fuerzas y la tierra le devolvió un espantoso temblor. Entonces un recuerdo fugaz se cruzó ante sus ojos: Su hija.

Corrió hacia ella a la par que su cerebro ardía en llamas, barajando a toda velocidad sus alternativas. Conocía bien esa tormenta, si es que se le podía llamar así, la conocía demasiado bien, y sabía lo que venía después.

Sarah también corría hacia él, asustada por la confusión del cielo y su horripilante sonido. Cuando la alcanzó, Ren no le dio tiempo para hablar, la agarró del brazo y se la pegó al cuerpo. Galopó con ella encima, hasta que las piernas le ardieron. La pequeña quedó pasmada y empezó a gritarle a su padre, que corría en dirección opuesta a la casa.

-¡¿A dónde vas?! ¡¿Qué está pasando?! – Chilló Sarah muerta de miedo.

No obtuvo respuesta. Era tarde para llegar a la casa, que estaba ya bajo la terrible nube. Miró incrédula como la casa se deshacía en la polvareda.

Ren se paró de golpe y le dijo pegándole la boca al oído:

-¡Sujétate muy fuerte y no te sueltes bajo ningún concepto!, ¿me oyes?

No le dejó replicar, de todas formas, ella tampoco tenía fuerzas ni argumentos para hacerlo, y antes de darse cuenta, Ren la metió dentro del pozo de la granja. Sarah se asustó creyendo que iba a caer al vació, pero su padre la sostuvo hasta asegurarse de que se había enganchado bien.

El pozo era bastante consistente, de robustos ladrillos. Llevaba décadas ahí. Dentro del agujero había una barra de hierro que atravesaba los ladrillos de parte a parte, por la cual se descolgaba una cuerda con un cubo. Ren ató la cuerda de forma que el cubo no pudiera moverse, y colocó los pies de Sarah dentro del balde, mientras ella se agarraba a la barra horizontal. La muchacha empezó a llorar, estaba a bastantes metros del agua y tenía miedo de caerse.

Algo impactó en el brazo de Ren. La tormenta estaba encima. Sin ni siquiera mirarse la herida, levantó la tapadera de metal, pesada y gruesa, para volver a colocarla sobre la boca del pozo. Contempló los hermosos ojos castaños de Sarah por última vez, y formando un te quiero con su boca, cerró el pozo. La niña trató de impedírselo con un grito, pero no tuvo más respuesta que el propio eco de su voz y una oscuridad agobiante.

Otro proyectil impactó en su hombro. Dos más le siguieron, uno en la pierna y el otro en las lumbares. No les hizo caso. La niebla estaba cada vez más cerca, devorando todo cuanto se interponía en su camino y él solo era otra mota entre ella y la nada. Llevó la mirada hacia su brazo; Quería verla, necesitaba verla, al menos una vez. Una lagrima rodo fría y lenta por su mejilla. No sintió el escozor de sus heridas. Sabía perfectamente que iba a pasar a continuación. Solo le hubiera gustado saber que pasaría más adelante en el tiempo.

Bajo una fina capa de sangre, había una diminuta semilla plateada, arrugada en pliegues demasiado uniformes. Era del tamaño de un grano de arroz el nuevo traje de la muerte, elegante, majestuoso, sencillamente perfecto, pensó. Del grano salieron inapreciables raíces, y en el momento preciso en el que la niebla le alcanzaba, la semilla devoró su cuerpo en una llamarada fugaz, que se desvaneció tan rápido como había aparecido, llevándose su cuerpo y dejando tan solo un efímero rastro de cenizas, que enseguida bailaron al ritmo del viento. La semilla cayó rendida en un placentero sueño, sobre las cenizas de un mundo consumido.

 

 

Cuando el eco de sus gritos se extinguió, el silencio se apropió de aquel agujero. Sarah agudizó el oído, pero no lograba escuchar nada y eso todavía le asustaba más. Nunca le había gustado el silencio, porque significaba quietud, y el mundo le parecía mejor cuando se movía. Pero aquel silencio significaba otra cosa, era el dolor y la tragedia, era el final de su inocencia, que se llevaba su última sonrisa infantil, era el final de la vida que había conocido y el principio de una historia gris dibujada sobre las cenizas de una hoguera que brilló.

De pronto, aquel silenció infame desapareció, y entonces se arrepintió de haberlo odiado y maldecido. A su alrededor las paredes temblaron, y los ladrillos que conformaban la boca del pozo empezaron a resquebrajarse, algunos desaparecieron de golpe. La luz y el polvo se abrieron paso entre los huecos, y la barra de hierro se zarandeó. Sarah perdió el equilibrio, y su pie derecho a punto estuvo de fallarle. Una nueva sacudida arremetió contra el muro que le separaba de la realidad y esta vez pudo ver como la mayoría de las piedras se desintegraban ante sus ojos. Esta vez la barra se soltó y cayó junto con algunas piedras, por suerte era más larga que el diámetro del agujero y se estancó, haciéndola rebotar bruscamente. Sus manos se soltaron del metal, y se precipitó hacia el vacío. Pero sus dedos encontraron un trozo de cuerda en el último momento, y se agarró a ella con todas sus fuerzas. Aunque evitó una caída mortal, sí que se llevó un fuerte golpe en la cabeza y el hombro. Un hilo rojo brotó de su ceja y se sintió mareada. La mano también le escocía y la cuerda se había bañado de sangre, pero no la soltó. Solo podía pensar en esa cuerda.

Pasó así los minutos, en la misma posición, sin atreverse a hacer otra cosa que no fuera sollozar. Cuando el viento dejó de atosigar al destrozado pozo, la muchacha se atrevió a mirar hacia arriba. Sobre ella, la tapa metálica del pozo había descendido casi a la altura del suelo, y solo un puñado de ladrillos partidos la separaba de la barra que le sostenía. La tapa tenía varios agujeros contundentes por los que entraba la luz, como si le hubieran disparado con una escopeta a un trozo de cartón. Se deslizó por la cuerda a duras penas, y apoyando un pie en la pared se agazapó entre la barra y la chapa metálica. Hizo fuerza para mover la tapa, pero solo se movió unos centímetros, así que volvió a probar con todas sus fuerzas, temerosa de perder el equilibrio y caerse. Esta vez la chapa cedió y se desplomó a un lado. La tormenta la había dejado en nada, y gracias a ello había conseguido moverla. La barra tembló un poco, pero estaba bien enganchada. Dudó un instante, pero al no ver otra salida, se deslizó por la barra con prisa, hasta que sus manos se agarraron a uno de los pocos ladrillos de piedra que quedaban. Salió del pozo y se tendió en el suelo, jadeando por el esfuerzo. Estaba a salvo.

Cuando su respiración volvió a solo estar acelerada, recordó que su padre no había entrado en el pozo con ella, y de nuevo las lágrimas empezaron a precipitarse sobre sus mejillas. Se levantó a toda velocidad y el corazón se le heló al recorrer el lugar con la mirada. Ante sus ojos se erguía un horizonte blanquecino, miró a izquierda y derecha, también detrás, buscando cualquier cosa que no fuera un desierto gris, pero literalmente, no había nada. Se arrodilló temblorosa, con los ojos encharcados. Hundió las manos en la esponjosa tierra y dejó que las cenizas se escurrieran entre sus dedos. Entre sollozos llamaba a su padre, sin poder moverse, y sin nada ni nadie que le contestara. Pensó en quedarse allí hasta que el tiempo la transformara a ella también en ceniza, pero sin entender muy bien el porqué, se levantó. No quería quedarse quieta, no quería morir.

Sin ningún sitio al que ir, se acercó a donde alguna vez había estado su hogar. Todo se había desmoronado y apenas quedaban en pie algunos ladrillos sueltos. Aunque algo sí llamó su atención, bajando por la escalera que daba al sótano había un baúl que a pesar de algunos rasguños, permanecía intacto. Nunca había tocado ese baúl metálico, aunque mil veces había estado apunto de hacerlo. Su padre no se lo permitía y eso lo había hecho increíblemente tentador, aunque al final siempre se acobardaba. Recordó la explicación que le había dado, solo debía abrirlo si no había más remedio o si a él le pasaba algo. Se estremeció al recordarle, y vacilando un instante, abrió el misterioso cajón. Había una mochila con un libro y una carta encima. En la carta leyó:

“Esto te ayudará a sobrevivir.

Te quiero pequeña.”

 

 

Con una mochila a la espalda, el corazón partido y las manos llenas de sangre, cenizas y lágrimas, partió hacia el horizonte grisáceo.